Dicen que entre el 85% y el 91% de las cosas que nos preocupan jamás llegan a suceder. Sin embargo, nuestra mente a menudo queda atrapada en un bucle agotador de pensamientos anticipatorios, los famosos «y si…». En esta intervención en «Cuídate con Radio 5» (RNE), la psicóloga Julia Vidal analiza la diferencia fundamental entre «pensar», que nos lleva a tomar decisiones, y «preocuparse», que nos estanca en la repetición sin respuesta. Abordamos cómo esta rumiación constante eleva nuestros niveles de cortisol, generando malestar y tensión muscular. Además, descubrimos herramientas psicológicas eficaces, como la técnica de escribir nuestras preocupaciones antes de dormir para descargar la mente, y la importancia de la desactivación fisiológica para recuperar nuestro bienestar emocional.
Pensar vs. Preocuparse
Pensar tiene un fin resolutivo que busca soluciones; preocuparse es entrar en un bucle repetitivo sobre el futuro que agota nuestra energía.
La trampa de los «futuribles»:
Las preocupaciones suelen centrarse en el «y si…», escenarios imaginarios que la mayoría de las veces no ocurren. Debemos aprender a cuestionar si se trata de un problema real o de una invención de nuestra mente.
Impacto físico del estrés:
La preocupación constante funciona como una alerta continua que eleva el cortisol, pudiendo provocar dolores musculares, cefaleas y agotamiento crónico. Descarga cognitiva nocturna: Uno de los momentos más críticos para las preocupaciones es la noche. Anotar los problemas y posibles soluciones en una libreta antes de dormir ayuda a vaciar la mente y conciliar el sueño.
Desactivación fisiológica
Entrenar técnicas de relajación permite reducir la respuesta física de alerta, lo que a su vez calma la mente y disminuye la ansiedad.


