32024Sep

¿Por qué los humanos somos únicos llorando?

(Tiempo de lectura 15 minutos)
[Transcripción del artículo de «Muy Interesante» escrito por Javier Rada, periodista]

Desde tiempos antiguos, las lágrimas han fascinado a la humanidad. En la actualidad, seguimos investigando, intentando descifrar por qué somos tan especiales en el acto de llorar.

Es un pequeño milagro, cotidiano, azaroso, miste­rioso. Que sepamos, somos el único ser que llora en el inmisericorde cosmos, que derrama lágrimas por una emoción, que es capaz de mirar a ese universo despiadado y manchar los ojos con lacrimosa belleza.

El único animal que ha sabido convertir esas lá­grimas, herencia de los primeros anfibios, en un mensaje bipolar: sirve tanto de petición de ayuda como de ofrecimiento, comunica a los otros nuestro estado anímico y opera a la vez como íntimo marcador de las emociones más abisales.

Sí, un milagrito bajo los astros insensibles. Un mensajero acuoso de la desesperación, una gota para el asombro. Una casualidad poética –agua, nuestra esencia y origen, convertida en sangre del alma, que decía San Agustín–, y todo gracias a esa gran chata­rrera que es la evolución, capaz siempre de encontrar nuevas utilidades a un puñado de átomos.

No es extraño que desde tiempos remotos nos hayamos sentido fascinados. Los antiguos egipcios levantaron cosmogonías alrededor de las lágrimas.

Lo mismo hicieron griegos y asiáticos. Veían en ellas algo prodigioso, algo que no estaba en el repulsivo moco, en la ambigua saliva, o en el estridente sudor (todos productos de las glándulas exocrinas). Algo bello y hasta sagrado (pues nadie imaginó a una di­vinidad llena de flemas, y nadie te ofrece, por suerte, su orina como consuelo).

En el mito egipcio de la Enéada de Heliópolis, sería el dios Ra –el gran ojo, claro– quien nos llorase, y así nacerían los seres humanos. De las lagrimas divi­nas saldrían los pueblos que aún hoy, varios milenios después, se preguntan por esas gotas transparentes y trascendentes (pues aparecen en los momentos cumbre, cuando nace el hijo, cuando muere el pa­dre, al escuchar una sinfonía de Bach…); gotas que cruzan como una señal de tráfico la expuesta mejilla; capas de agua salada, proteínas, lípidos, y hormo­nas, que nos siguen pareciendo tan extrañas como lo fueron para aquel escriba que bañó sus pies en la orilla del Nilo acaso entre lágrimas de maravilla …

¿Te has preguntado por qué lloramos, qué utilidad tienen las lágrimas? Compartir en X

Su origen

Lágrimas

Durante siglos, se debatió si provenían del corazón o del cerebro, pues las emociones eran fuerzas, cuan­do no celestes, enigmáticas. Hablaron y discutieron sobre ellas pensadores como Aristóteles, Leonardo Da Vinci, o Darwin (este último, paradójicamente, consideró que las excreciones emocionales no tenían sentido evolutivo alguno). Y ha pasado el tiempo en este valle de lágrimas, pero siguen guardando mu­chos secretos…

Hoy sabemos que las lágrimas no nacen del corazón, sino de la compleja y constante interco­municación entre el cerebro y el aparato lagrimal (maraña de conductos, nervios, y glándulas produc­toras, que baña esa ventana del ojo que llamamos córnea, cubierta de receptores y encargada de la valiosa visión). Sabemos, además, que existen tres tipos de lágrimas: las basales (funcionan como un sistema de mantenimiento y escudo de la córnea), las reflejas (aparecen en su defensa frente a irritantes, cuerpos extraños, microbios), y las psicoemociona­les (las más raras y únicas, las vinculadas al llanto y la expresión de las emociones).

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«La lágrima es un pequeño milagro porque posibi­lita que estemos con los ojos abiertos y que podamos ver lo que hay a nuestro alrededor», explica el of­talmólogo Antonio Mateo, del Hospital Universitario Miguel Servet en Zaragoza. Y su historia es igual­mente fascinante…

Cada vez que lloras deberías acordarte de unos valientes peces saltarines. Millones de años atrás, los primeros anfibios que exploraron el mundo te­rrestre tuvieron que llevarse consigo un trocito del agua primordial para poder sobrevivir en el nuevo territorio seco. Fueron como astronautas por una zona fantasma, jugando en las mareas bajas de la prueba y el error. Sin agua, la córnea del ojo se seca y es imposible la correcta visión. La evolución tuvo que inventar así la lágrima, al principio solo como un moco que atrapase la humedad, y que fue sofisti­cándose junto a la expansión de los vertebrados y la aparición de los párpados.

Todas nuestras lágrimas –las del nazarí Boabdil el Chico al perder Granada, por ejemplo, hijas de la frustración, o las que se escapan furtivas al ver en el televisor la matanza infantil en Gaza, hijas de la empatía– son su herencia. Sin ellas, nos habríamos quedado ciegos hace tiempo, devorados por bestias que nunca nos habrían llorado (los cocodrilos cuan­do comen secretan lágrimas, pero estas surgen, en realidad, por un estímulo salivar).

El ser humano supo exprimir al máximo lo que en principio era solo un sistema basal. Nuestro linaje es, aparentemente, el único que ha sabido utilizar las lá­grimas como un medio de comunicación. Lo que hoy llamamos lágrimas emocionales representan «un fenómeno muy complejo, universal, multifactorial, difícil de unificar en los aspectos psicológicos y anatómicos», explica Alejandro Amores, psicólogo en el Centro de Psicología Área Humana. «Está muy influido, además, por aspectos culturales, sociales, y los mandatos de cuándo se acepta llorar en determinadas sociedades o en qué momento, y también por la edad y las experiencias individuales», añade.

Está muy influido, además, por aspectos culturales, sociales, y los mandatos de cuándo se acepta llorar en determinadas sociedades o en qué momento, y también por la edad y las experiencias individuales. Alejandro Amores, psicólogo

La dacriología, la ciencia de las lágrimas, está, sin embargo, todavía en su infancia. Han sido diversas las teorías acerca de cómo pudimos llegar a hacer­lo y para qué (recordemos que Darwin dijo que eran inútiles). «Somos el animal que más siente y que más expresa sus emociones», apunta la oftalmóloga Elena Jarrín, cuya tesis doctoral versó sobre el llanto emocional. Y todo puede que tenga que ver entonces con nuestra extraña infancia…

El holandés Ad Vingerhoets, psicólogo clínico, uno de los mayores especialistas en este campo, está convencido de que ‘inventamos’ las lágrimas emo­cionales con un propósito: «Indicar a los demás (en particular a las personas íntimas) que las necesitamos, que deben brindarnos consuelo y apoyo». Serían co­mo una señal, silenciosa, visible y clara, que en algún momento de nuestra evolución tomó protagonismo, expandiéndose por todo el linaje humano.

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Un fenómeno único

El llanto es común en la naturaleza. Está presente en los mamíferos y en algunas especies de aves. Pero son vocalizaciones de angustia o separación, no hay excreciones emocionales (aunque estos animales disponen igualmente de lágrimas basales y refle­jas). Los animales no humanos lo utilizan además cuando son crías. «Una excepción notable son los perros, que también expresan el llanto de adultos», dice Vingerhoets.

El llanto humano es más complejo. Implica un efecto vocal/ acústico y el derramamiento de las lágrimas comunicativas. Somos únicos en esto, aunque «una investigación japonesa muy reciente sugiere que los ratones y los perros en determinadas situaciones también pueden producir más líquido lagrimal», apunta Vingerhoets.

Además, nuestra especie mantiene el llanto y las lágrimas durante toda la vida, y van evolucionan­do a medida que envejecemos. ¡Es dinámico! Para los bebés, el llanto acústico fue fundamental, espe­cialmente cuando perdían el contacto visual con la madre, aunque siempre existía el riesgo de que el sonido atrajera a los depredadores. Los humanos, al contrario que otros animales, seguimos siendo ex­tremadamente dependientes, incluso una vez nos hemos desarrollado motrizmente, cuando ese llanto vocal ya no es tan necesario. Esta situación podría haber propiciado la lágrima como «una señal visual que puede dirigirse de manera muy específica a quienes tienen más probabilidades de brindar el apoyo nece­sario, una señal que es superior, más efectiva y más segura (que el llanto acústico)», según Vingerhoets.

¿Sólo los humanos pueden llorar? Este artículo de «Muy Interesante», en el que hemos participado, responde a esta y otras preguntas sobre las lágrimas Compartir en X

Unas gotas fascinantes

Estructuras fisiológicas en la lágrima

Si no tuviéramos lágrimas, la superficie de la córnea no sería lo suficientemente regular como para ver con nitidez», explica la oftalmóloga Elena Jarrín. El ojo se secaría y se lesionaría, en de­trimento de la visión y generando dolor. Hay mucho en juego. Por eso nacemos con lágrimas basales que surgen constantemente de las glándulas lagrimales, y que en el caso de los humanos son producidas por distintas glándulas situadas en la conjuntiva, los párpados y la órbita. Fue una gran jugada de la evolución.

Las lágrimas aparecieron en escena «hace 360 millones de años, cuando algunos peces crosopterigios abandonaron el agua», nos recuerda el también oftalmólogo Antonio Mateo. En el ser huma­no están compuestas en su mayor parte por agua (98,2 %),junto a sales, mucina (glicoproteínas), lisozima (una sustancia antibió­tica) y lípidos. Contienen, además, numerosas sustancias que ayudan al mantenimiento y protección del ojo. «Hay más de 1500 proteínas descritas, y hay factores de crecimiento, vitaminas, an­tioxidantes, oxígeno, neurotransmisores, electrolitos, sustancias que se encargan de reparar la superficie ocular ante agresiones externas», añade Mateo. Los primeros peces anfibios solo tenían glándulas que segregaban moco. «El moco lo que hace es atraer agua y mantener la humectación», explica Mateo. Las glándulas se fueron especializando, ya no solo con componentes mucosos, sino acuoserosos, mejorando la secreción, la composición de las lágrimas, y también la visión.

En cada parpadeo, lo que haces es expandir una lágrima basal para hidratar y proteger la córnea, como si fuera un parabrisas. «El parpadeo debe extender la lágrima en el ojo para que no se reseque la córnea y la conjuntiva», añade Mateo. En la lágrima hu­mana hay moco intercalado con agua y sustancias de nutrición y defensa. Y esta capa está recubierta además por una película muy fina de grasa, «una grasilla que estabiliza la película lacrimal y que viene de las glándulas de meibomio que están situadas en el párpado», dice Mateo. Esta capa aceitosa estabiliza la gota, «y así permite que podamos tener los ojos más tiempo abiertos sin que se rompa la lágrima». Las lágrimas son creadas por la glándula la­crimal principal y otras accesorias, como la de Krause y Wolfring. La córnea es el órgano del cuerpo con más terminaciones nervio­sas. Estos receptores, que están en contacto con la superficie, se encuentran vinculados con el sistema nervioso central, indicando constantemente cuáles son las necesidades lacrimales del ojo.

Sistema biocultural

Lágrima y biocultura

Todos los bebés nacen con capacidad para el llanto y con lágrimas basales, pero tardan un tiempo (en­tre días y meses) en desarrollar las reflejas y desde semanas a meses para secretar las emocionales. «Porque tienen un sistema nervioso todavía muy inmaduro como para soltar esas lágrimas», explica Jarrín. Lloran porque se sienten extremadamente incapaces de satisfacer sus necesidades. «Es casi el único comportamiento que pueden mostrar, y es muy efectivo», añade Vingerhoets.

A partir de este sustrato primario, nuestra especie conseguirá desarrollar todo un sistema biocultu­ral donde las lágrimas aparecen como una solicitud de ayuda y también como una oferta de apoyo por empatía, según la teoría del profesor Juan Murube, oftalmólogo experto en dacriología. Los niños son capaces de expresar petición de ayuda desde sus pri­meras semanas-meses, pero no se han documentado llantos por ofrecimiento de ayuda hasta los 5-6 años de edad, señala Jarrín.

Los niños lloran porque se sienten incapaces de satisfacer sus necesidades y el llanto es un comportamiento muy efectivo para pedir apoyo y ayuda.

«El llanto emocional puede ser también un comportamiento autotranquilizador, mediante la liberación de estrés, capaz de regular el estado de ánimo», añade Mateo. Un sistema complejo, pues lo hemos incluido en nuestra forma de ser y de sentir más íntima, como un marcador exclamativo de nues­tras emociones. Eso explicaría por qué preferimos llorar, según los estudios, en casa de siete a once de la noche, solos, o acompañados de personas cerca­nas, como nuestra pareja o madre. «Por un lado está el sentido evolutivo, que se supone que si lloramos es para comunicarnos y enfatizar los sentimientos que queremos mostrar, pero al final también lo hacemos con nosotros mismos, como máxima expresión de lo que estás sintiendo», explica Jarrín.

Un sistema en el que participan las capas supe­riores e inferiores del sistema nervioso, y que es modulado por las creencias, la salud del individuo y su personalidad. «Lo que demuestra la complejidad del cerebro humano, que lo interrelaciona todo», apunta Jarrín. Un acto que es inhibido o pro­mocionado, entonces, según el lugar y cultura de nacimiento. Todos los humanos lloran, pero no to­dos lo hacen igual.

Aprendimos a utilizar las lágrimas en nuestro beneficio, e incluso a desencadenarlas a voluntad, como en el caso de las plañideras, personas que se contrataban antiguamente en los funerales para que llorasen al difunto cual mercenarios del llanto. «Tienen esa función comunicativa, la expresión de un estado emocional visible hacia la gente del entor­no, de tal forma que se puedan facilitar conductas prosociales», explica Amores. Acaso las lágrimas, entonces, como apunta Vingerhoets, estén en el nú­cleo de la razón de que nos hayamos convertido en una especie ultrasocial.

Las lágrimas emocionales son un fenómeno complejo muy influido por aspectos sociales –los mandatos de cuándo se acepta llorar o en qué momento– y, también, por la edad.

«Las lágrimas tienen una función comunicativa, expresan un estado emocional y pueden facilitar la conexión social». Alejandro Amores, psicólogo Compartir en X

¿Llorar nos hace sentir mejor?

Una idea muy asentada es que el llanto, el acto de llorar, nos hace sentir mejor, que es saludable. Ya Freud habló de que las lágrimas tenían una función catártica, e incluso se pensó que podían funcionar como una suerte de purga de sustancias del organismo. También se ha hablado de que pueden liberar hormonas como las endorfinas o la oxitocina. En los experimentos científicos, no se han observado, sin embargo, muchas de estas creencias. La composición de las lágrimas emocionales es en principio muy similar a las basa­les. «Aunque se han observado diferentes concentraciones de proteínas en los distintos tipo de lágrimas, por la diferente vía de estimulación neural de su secreción, no parece que haya una secreción activa de ninguna sustancia catártica», explica Elena Jarrín. «Las glándulas lagrimales (al igual que las glándulas salivales) no son vejigas. Producen lágrimas recién extraídas de la sangre. Eso significa que si la sangre contiene un alto nivel de hormonas del estrés, es probable que las lágrimas también contengan un alto nivel de estas hormonas», apunta Vingerhoets.

En cuanto al hecho de que nos sentimos mejor tras llo­rar, Vingerhoets se muestra en desacuerdo. «No creo en la idea de que las lágrimas nos ayuden a sentirnos mejor», dice. En un experimento que hizo con más de 5000 participantes, solo el 50 % de los mismos afirmó sentir- se mejor tras el llanto. El 40 % no mostró ningún tipo de mejoría, y un 10 % dijo sentirse peor. Los investigadores descubrieron que el estado de salud del individuo era muy importante. «Curiosamente, las personas con depresión no reportan ningún efecto positivo», remarca Vingerhoets. A conclusiones similares llegó el estudio que realizó Jarrín para su tesis doctoral. «Tampoco vimos que la mayoría de los encuestados se sintiera mejor tras los episodios de llanto. Aunque un pequeño porcentaje describió mejoría de su ánimo, fue más frecuente que se encontraron peor después de llorar», dice Jarrín.

Para que se dé el beneficio influiría también si tenemos al­gún tipo de control sobre la situación. Si no tenemos este control, como cuando perdemos a un ser querido, las lágri­mas serían más impotentes a la hora de reportar beneficios. Y un tercer factor muy importante sería cómo reaccionan los demás ante nuestro llanto. Si se avergüenzan o enfa­dan, no sentiríamos alivio.

¿Qué las desencadena?

Lágrima y neurología

Los psicólogos han encontrado cinco desencade­nantes. Lloramos cuando sentimos separación y pérdida, impotencia y frustración, o dolor físico, pero también podemos verter lágrimas empáticas y solidarias, al sentir el sufrimiento de otros, y pode­mos emitir lagrimeos morales o sentimentales.

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¿Sabes qué es la empatía? Empatía: el puente que nos une

Si bien la sensación de pérdida y de impotencia se produce en todas las edades, las lágrimas empáti­cas no aparecen hasta que tenemos un determinado desarrollo cognitivo. Se ha visto, además, que los hombres a medida que envejecen son más propensos a llorar (se especula si tiene que ver con la testoste­rona o con los roles sociales). Los estudios también sugieren que las personas más empáticas son más propensas al llanto.

A lo largo de la vida el llanto adopta entonces di­versos papeles. «Tiene importancia como factor adaptativo. A medida que vamos creciendo, con la edad, nuestras formas de expresarnos van cambian­do, y cuando vamos siendo adultos quizás tenemos otras formas de expresar y gestionar los procesos de dolor y la empatía», explica Amores. Y lo curioso es que emitimos las mismas excreciones tanto en situa­ciones tristes como alegres.

A lo largo de la vida el llanto adopta diversos papeles. Tiene importancia como factor adaptativo. De adultos tenemos otras formas de expresar y gestionar el dolor y la empatía.

A juicio de Vingerhoets, existen dos grandes malentendidos con las lágrimas. El primero es creer que emergen de la tristeza; el segundo, pensar que tienen una función catártica. «La idea erró­nea es que lloramos por tristeza. Lloramos porque nos sentimos impotentes. Y ese sentimiento puede acompañar a muchas otras emociones», explica. Los estudios tampoco parecen avalar la idea de que des­pués de llorar (siempre) nos sentimos mejor.

Es difícil, además, dilucidar qué es lo que provoca una emoción. Muy a menudo, lo que a primera vis­ta puede parecer una situación positiva en realidad tiene un trasfondo triste. «Cuando la jinete holan­desa Anky van Grunsven recibió su medalla de oro olímpica, derramó muchas lágrimas. Los periodis­tas le preguntaron si eran lágrimas de felicidad, y ella explicó que lloró porque su padre había falleci­do recientemente y no pudo presenciar su logro», explica Vingerhoets.

También es difícil determinar por qué la mujeres lloran más que los hombres. Los estudios indican que las féminas adultas lloran con más frecuencia (de 5 a 10 veces más). Si nos centramos en los des­encadenantes (pérdida, separación, nostalgia, etc.), las diferencias no son sustanciales entre sexos. Pero «las mujeres lloran más por situaciones más mun­danas y cotidianas», asegura Vingerhoets. Por eso se pensó que podría ser una cuestión hormonal y se ha postulado la relación entre la hormona prolactina y la secreción lagrimal, «aunque parece que en los múltiples factores que influyen en el llanto emocional pesa más el cultural que el bioquímico», explica Jarrín. Se­gún esta idea, los hombres inhibirían más el lloro por petición de ayuda debido al rol cultural (no mostrar en público una supuesta debilidad), mientras que no se vería tan mal llorar en ofrecimiento ayuda o cuan­do celebran, por ejemplo, el gol de su equipo.

Los hombres inhibirían más el lloro por petición de ayuda debido al rol cultural, para no mostrar su debilidad.

Quizás aceptamos mejor las lágrimas empáticas porque representan, según Jarrín, el summum de la evolución de la lágrima y de su expresión. «El llan­to de ofrecimiento de ayuda engrandece a la especie humana», concluye. Y seguro que ahí está parte de su misterio, pues seguimos pensando «que los ojos son el espejo del alma».

Seguimos pensando que las lágrimas representan una excepción a esa regla que dice que los fluidos corporales son asquerosos. Pensamos que son puras y dignas de contenerse hasta en un lacrimatorio (antiguas vasijas de terracota donde supuestamente las almacenaban).

Solo si creemos que todas estas nociones son ciertas, «entonces es comprensible que las conside­remos muy especiales y misteriosas. Sin embargo, supongamos que consideramos la producción de lá­grimas de manera similar a la producción de saliva o sudor. En ese caso, es una historia muy diferente y más realista», concluye Vingerhoets.

Gotas con doble reflejo, entonces. Poético y exocrino, petición y ofrecimiento, materia y es­piritualidad … excreción de nuestra pura esencia. Seguimos, de algún modo, en el reflejo de aquel Nilo que cursa la emocionada mejilla, fascinados.

Tal vez, sin lágrimas nunca hubiéramos podi­do convertirnos en seres humanos completos, y acaso el cosmos, entonces, no sea tan inmisericor­de después de todo: puede que haya aprendido a llorar a través de nosotros, lo cual sí que parece un verdadero milagro.

Fuente (imágenes y texto): Artículo del Nº 519 de la revista «Muy Interesante», escrito por Javier Rada, periodista.

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