(Tiempo de lectura 15 minutos)«Todos los días igual: me meto en la cama agotada, apoyo la cabeza en la almohada y espero que –esta noche por fin– pueda descansar, pero no, mi mente, se pone a darle vueltas a todo. No sé cuanto tiempo llevo acostada, miro el reloj, calculo cuántas horas me quedan para que suene el despertador y me angustio. A veces, por agotamiento, me quedo dormida, pero me despierto sobresaltada y vuelta a empezar… Irme a dormir debería ser un momento agradable, pero yo… le tengo miedo».
Esta vivencia, compartida en consulta con frecuencia, refleja una realidad complicada y dolorosa. El insomnio no es solo la ausencia de sueño: es una experiencia de frustración e impotencia que además, afecta y limita nuestro funcionamiento el resto del día.
En mi trabajo como psicóloga suelo recordar una premisa fundamental: el sueño no es un interruptor que podamos encender o apagar de forma voluntaria. Es un proceso biológico que requiere condiciones de calma y seguridad para activarse de manera espontánea. Cuando convertimos el descanso en una tarea obligatoria, nuestro sistema nervioso activa los mecanismos de vigilancia y alerta, justo los opuestos a la relajación necesaria para dormir.
Existe una interacción bidireccional constante entre cuerpo y mente: las dificultades emocionales, las exigencias cotidianas y las preocupaciones sostenidas –si las llevamos a la cama– alteran la calidad del descanso; y, a su vez, una noche en vela reduce nuestra tolerancia al estrés, intensifica la irritabilidad y alimenta estados de desánimo y ansiedad.