Personalidad competitiva: ¿Una ventaja o un obstáculo en la vida?

Personalidad competitiva: ¿Una ventaja o un obstáculo en la vida?

(Tiempo de lectura 12 minutos)

Somos seres sociales. En gran medida nuestra personalidad se construye a partir de esa interacción social. En relación a ella definimos valores, creencias…, y también aspiraciones. Queremos alcanzar metas, y esas metas están definidas en muchos casos por otras personas que las han alcanzado: ¡Deseamos alcanzarlas, incluso… superarlas!

La competitividad es social, competimos frente a otra persona o personas. Y aquí surgen varias preguntas: ¿Somos seres competitivos por naturaleza o hay una personalidad competitiva? ¿Es bueno ser una persona competitiva?… Voy a responder a estas y otras cuestiones sobre los aspectos psicológicos de la competitividad.

La personalidad competitiva y lo social

Podríamos decir sin riesgo a equivocarnos que vivimos en una sociedad exigente, donde se fomenta la competitividad y el hecho de ser mejor que los demás.

Esto puede influirnos de manera positiva, nos ayuda a mejorar, nos incentiva y nos sirve de motor, nos da energía para ofrecer nuestra mejor versión.

Pero también puede tener consecuencias negativas, y puede causarnos malestar, tristeza, frustración, miedo, sensación de fracaso o ineficacia, y afectar de manera importante a nuestra propia valoración personal y a nuestra autoestima. Limitando y condicionando alcanzar la propias metas, mientras vemos que el resto de las personas sí lo hacen.

Francisco Castaño, psicólogo y autor de «La Mejor Medalla: su educación», es contundente al respecto: ”La competición está muy bien como medio de aprendizaje, no como fin. Se aprende a gestionar la frustración, a felicitar a quien ha ganado. Lo malo es cuando se usa para comparar y como presión. Ahí es cuando sufre la autoestima”.

Aspectos disfuncionales de la personalidad competitiva.

Ser competitivo o competitiva

1. Darle un valor decisivo al resultado de la comparación

La personalidad competitiva necesita, al menos, de otra persona con la establecer esa competitividad. La principal característica de la competitividad está relacionada con el hecho de compararnos con los demás.

El problema surge en la importancia que le damos al resultado de esa comparación. Si creemos que, para ser felices, debemos ser mejores que los demás, que debemos tener más y mejores cosas –y utilizo con mucha intención la palabra “debemos”–.

Estamos inundados de mensajes en esta dirección: listas, clasificaciones, las personas más ricas del mundo, las más atractivas, el artista que más vende, el o la número uno en… Son mensajes que nos influyen, dejan huella.

Desde la infancia y sin darnos cuenta, empezamos a compararnos y a competir, empezamos en la escuela infantil o en el colegio, en casa, con los hermanos, o con los amigos: quién saca mejores notas, quién es mejor en un deporte u otro, quién hace mejor tal o cual cosa.

Competimos para acceder a una carrera universitaria, a un puesto de trabajo, para conquistar a tu pareja… y ahora más que nunca para tener más seguidores y “likes” en las redes sociales.

El principal riesgo de esta tendencia –que tendrá diferente importancia en cada etapa de nuestra vida– es creer que todos estos “ranking” fijan nuestra valía, determinan quiénes somos.

Considerar que si no alcanzamos una “puntuación aceptable” en estas clasificaciones no somos personas válidas puede hacernos sentir que nuestro valor está fuera de nuestro control, afectando gravemente a nuestra autoestima.

Del mismo modo si encabezamos alguna de esas listas o clasificaciones, podríamos pensar que esa posición –casi siempre temporal– también representa completamente nuestra valía, todo lo que somos, de forma que cuando se pierde, se derrumba el “castillo de naipes” que se había construido sobre ese éxito.

Este proceso es muy frecuente en personas que llegan demasiado pronto a la fama, o personas que no son capaces de asumir cambios en su popularidad o en sus triunfos.

2. Verlo todo en términos dicotómicos: éxito – fracaso, bueno – malo, ganador – perdedor.

Nos movemos en términos extremos, polarizados e inflexibles (sin que existan los términos medios): ganar o perder, tener éxito o fracasar, ser bueno en algo o ser malo, destacar o ser mediocre, ser valiente o ser cobarde, ser fuerte o débil…

El problema de esto es que viendo el mundo así, realizamos un juicio injusto sobre nosotros o nosotras, ya que si no somos buenos o buenas en algo, no significa automáticamente que somos malos o malas.

Cada persona, por múltiples circunstancia, tiene diferentes potenciales o ha entrenado y adquirido unas u otras habilidades. No hay una persona que lo haga todo bien, o todo mal. Muchas veces no hemos encontrado aquello que nos estimula lo suficiente –o no hemos decidido practicar con la tenacidad suficiente– como para dominar esa actividad.

Lo que hacemos y el resultado de lo que hacemos, no es lo que somos. Que algo se nos dé mal no significa que seamos “malos” –o malas–. Puedes tener habilidades sobresalientes en una actividad que no tiene valor para un determinado contexto social o cultural. Eso no significa que no valga lo que haces, y mucho menos que no valgas tú.

Es un ejemplo muy usado, pero muy explícito: Van Gogh, y lo que hacía, no fueron valorados en su época.

3. Valorar únicamente el resultado

En muchos ámbitos, solo damos valor al resultado, y no al esfuerzo y empeño invertido en lograr un objetivo concreto. Además ese resultado se suele valorar, como decíamos antes, en términos de todo o nada.

En el mundo del deporte se ve claramente esta tendencia. Se suelen poner todos los focos en el ganador, el que queda primero, y tendemos a olvidarnos del segundo, “el perdedor”. Le quitamos mérito, cuando no sabemos cuál ha sido la trayectoria vital, el esfuerzo y energía que ha tenido que invertir para lograr esa posición. ¿Y el tercero, el quinto… el último?

El problema de esto es que si ponemos el foco únicamente en el resultado, dejamos de lado valores muy importantes como la capacidad de esfuerzo, la constancia y la perseverancia… la capacidad para enfrentarse a las dificultades.

En ciertas ocasiones el resultado no va a ser el deseado, por circunstancias que escapan a nuestro control, o simplemente porque no siempre se puede ganar, pero eso no significa que todo lo que hay detrás no tenga valor.

⚠️ Darle un valor decisivo al balance de compararnos con los demás. ⚠️ Verlo todo en términos de éxito o fracaso. ⚠️ Valorar sólo los resultados. ✅ Hablamos de la personalidad competitiva NO funcional Clic para tuitear

La personalidad competitiva está integrada en nuestro lenguaje cotidiano

Es increíble hasta qué punto estas ideas sobre la competitividad forman parte de nuestra cotidianidad. Nuestro lenguaje cotidiano se expresa en estos términos: “He ido al mejor restaurante de la ciudad”, “mis hijos van al mejor colegio del barrio”, “voy al mejor médico en esta disciplina”… y tras esas expresiones suele ocultarse la creencia de que si accedo a lo mejor, soy mejor. Muchas marcas se basa en esa aspiración para que adquiramos productos a precios muy superiores a los que representan sus prestaciones, sólo por exhibir que tenemos el mejor smartphone, de la marca “x”.

Tenemos muy interiorizadas estas creencias, nos salen de manera automática y no somos conscientes de la repercusión que tienen en nosotros y en los demás. Todos, yo mismo, nos descubrimos diciéndole a nuestro hijos: “eres la mejor hija del mundo”, “tienes la cara más bonita” o mensajes de ese tipo. No quiero decir que estas muestras de afecto sean malas, por supuesto que no, pero podríamos modularlas para no potenciar una personalidad competitiva. Sencillamente es sustituirlas por expresiones como “eres una hija estupenda, eres generosa, eres inteligente”… De este modo ella entenderá que tiene valor por sí misma, por ser quien es, sin necesidad de compararla con los demás.

Solemos decir: 'eres la mejor hija del mundo', 'la más guapa'… No conviene fomentar este enfoque de la competitividad basado en la comparación con los demás. ✅ Guía para una personalidad competitiva saludable Clic para tuitear

Entonces… ¿Tener una personalidad competitiva es malo?

La respuesta corta es: No. Ser competitivo no es malo, de hecho tiene beneficios, nos motiva a ser mejores, nos incentiva a conseguir objetivos ambiciosos, nos hace exigirnos más y además puede hacer que nuestro rendimiento mejore.

Lo que es malo valorar nuestro esfuerzo exclusivamente en función del resultado obtenido en comparación con otra persona que ha competido con nosotros. Y digo “con nosotros” y no “contra nosotros”. A mi me gusta mucho esta frase:

Competimos contra nosotros mismos o nosotras mismas.

Competir puede ser un incentivo, pero debemos valorar nuestro esfuerzo, las dificultades que hemos superado y que nos han llevado a ese momento, y dar lo mejor de nosotros o nosotras. A partir de ahí valorar el resultado y aprender de él para mejorar: Aspirar a ser mejores de lo que hemos sido, pero no mejores que los demás.

La «Espada de Damocles» de la personalidad competitiva: ser un perdedor o un ganador

Competitividad, perdedor o ganador

Si basamos nuestra autoestima y nuestra felicidad en la comparación con los demás sólo pueden darse dos resultados posibles, que ganemos o que perdamos:

  • Si ganamos: nos vamos a sentir muy bien, momentáneamente, pero enseguida va a aparecer una situación nueva en la que debamos ganar o aparecerá una persona que nos gane. Esto nos puede generar una sensación de estrés o alerta permanente, un gasto alto de energía y es probable que vivamos con miedo ante la posibilidad de lo que puede suceder si bajamos la guardia.
  • Si perdemos (y vamos a perder muchas veces) o alguien será mejor que nosotros o nosotras, nos vamos a sentir frustrados o frustradas, es probable que nos invada una sensación de fracaso, sintamos impotencia, enfado, rabia y tristeza. Y vamos a pensar que somos unos o unas perdedoras.

6 consecuencias emocionales de la personalidad competitiva disfuncional

6 consejos frente a la personalidad competitiva

Cuando ser competitivo o competitiva se entiende de un modo disfuncional –tal y como he explicado anteriormente– una de las consecuencias principales es que empeora nuestro bienestar emocional.

Si establecemos nuestro valor exclusivamente en función de la comparación con los demás las consecuencias emocionales más frecuentes serán:

  1. Baja percepción de control, indefensión: Podemos controlar lo que hacemos, pero no tenemos ningún control sobre lo que hacen los demás. Establecer nuestro valor en función de los demás nos deja indefensos ante algo que sobre lo que no tenemos control alguno.
  2. Injusticia e impotencia: El sentimiento ante un resultado que no aceptamos, es sentir que hay algo injusto, que nuestro esfuerzo no tiene ningún valor al no haber logrado alcanzar a la persona con la que nos comparamos.
  3. Miedo al fracaso: Si basamos nuestro valor en los resultados, es lógico que tengamos miedo ante la posibilidad de no conseguirlos, que no nos permitamos cometer errores y nos castiguemos cuando los cometamos. Este miedo nos puede conllevar un exceso de tensión, que influya en nuestro desempeño y nos haga rendir por debajo de lo esperado. Si la tensión y el miedo son muy intensos pueden llegar a darse situaciones de bloqueo o de evitación
  4. Inestabilidad emocional: Al establecer nuestra valía sobre cuestiones que están fuera de nuestro control –como el rendimiento de los demás–, es probable que vivamos sumidos en una especie de montaña rusa emocional, con cambios frecuentes, siempre a expensas de los resultados de los otros.
  5. Sensación de fracaso o ineficacia: Si siempre valoramos nuestras acciones en función de los resultados de las otras personas, y estos no son los esperados, es probable que nos sintamos fracasados y poco capaces para conseguir aquello que deseamos, con una frecuente sensación de ineficacia personal
  6. Malestar, tristeza, frustración: Estas emociones son habituales en personas muy competitivas que no están obteniendo los resultados que esperan.

La competitividad bien entendida: la superación personal

Consejos para una buena competitividad

Una buena manera de gestionar la competitividad es competir con nosotros mismos, dejando de lado la comparación con los demás, intentando ser nuestra mejor versión y esforzarnos por aceptarnos y mejorar en aquello que consideremos.

Tenemos que conseguir un equilibrio entre nuestra autoexigencia y la aceptación personal, para ello debemos tener en cuenta algunos aspectos

«Una buena forma de gestionar la competitividad es competir con nosotros mismos, ser nuestra mejor versión, dejando la comparación constante con los demás». Juan Cañadas. Psicólogo. Experto en intervención con deportistas Clic para tuitear

Algunas claves sobre la personalidad competitiva

  • Debemos ser conscientes de que cuando competimos contra los demás, muchas veces, realmente estamos compitiendo contra nosotros mismos, contra nuestros miedos, nuestras dudas y nuestras inseguridades.
  • Las personas no somos unas mejores que otras, debemos aceptar que, en determinada habilidad o disciplina, siempre habrá alguien que lo hará mejor –somos casi 8.000 millones de personas–.
  • Debemos aceptar nuestras propias limitaciones, sin que esto signifique que tenemos menos valor.

Una persona puede ser la mejor en algo durante un tiempo, pero no será la mejor en todo durante todo el tiempo.

Consejos para tener una adecuada competitividad

Infografía sobre personalidad competitiva

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Te propongo 12 consejos:

  1. Fíjate unos objetivos concretos, realistas y que dependan de ti.
  2. Ajusta tus expectativas: cada persona tiene su ritmo, hay cosas que cuestan más, que se nos dan peor.
  3. Acepta tus limitaciones: no puedes ser bueno o buena en todo, no pasa nada.
  4. No seas tú quien te limite. Antes de pensar que no eres capaz de algo, ponte a prueba, y no hagas tuyas las limitaciones ni los miedos de los demás.
  5. Permítete fallar: cometer errores es inevitable, no dice nada malo de ti y además es imprescindible para mejorar.
  6. Ajusta tu nivel de exigencia a las circunstancias, adapta tus objetivos e intenta ser realista y flexible.
  7. No te compares con los demás: que otra persona sea buena –o mejor que tú– en algo no te convierte automáticamente en malo o mala a ti, ni te quita valor.
  8. Refuérzate, valora el esfuerzo que estás poniendo en lograr tus objetivos.
  9. Felicítate cada vez que hagas un avance (por pequeño que sea)
  10. Relativiza la importancia de los resultados. Ni perder o fallar es tan terrible, ni ganar lo cambia todo.
  11. Intenta valorarte por ser quién eres. Estoy seguro que a las personas que tu quieres y valoras no lo haces porque sean mejores que los demás, los quieres simplemente por cómo y quiénes son.
  12. . Recuerda que tú no eres tus resultados.

Tal vez después de leer este artículo habrá cosas con las que no estés de acuerdo. He hablado con pacientes que se sentían muy afectados en su vida y que cuando les he planteado estas ideas me han respondido: “¡Claro! Es fácil pensar así cuando no eres un perdedor. Yo siempre pierdo en todo. Todos los demás son mejores que yo”.

Tenemos tan interiorizadas ciertas creencias, y ellas están tan difundidas y aceptadas socialmente, que no las cuestionamos, las consideramos válidas de un modo muy automático. Os invito a reflexionar, a cuestionar algunas ideas, a valorar cómo te afectan y cómo podrías cambiarlas y mejorar con ello tu bienestar emocional.

Y por supuesto, si la competitividad te está generando un elevado malestar que afecta a tu día a día y que no sabes cómo gestionar, busca información, cambia las cosas, los psicólogos y psicólogas estamos a tu disposición.

Autor

Infografía sobre personalidad competitivaJuan Cañadas

Psicólogo Habilitado Sanitario. Especialista en trastornos de ansiedad y fobias, trastornos del estado de ánimo, estrés, autoestima y otros desórdenes emocionales. Psicólogo deportivo.


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