(Tiempo de lectura 11 minutos)“Acabo de deshacer la maleta y ya tengo un nudo en el estómago. ¡Dichoso síndrome postvacacional!”.
Atribuir la apatía, la irritabilidad o la tristeza que sentimos al volver de vacaciones a un supuesto síndrome es una de las respuestas automáticas más comunes. Es fácil y socialmente aceptado culpar de todo a la vuelta. Sin embargo, en la consulta de Psicología observamos con frecuencia que el calendario suele actuar únicamente como un detonante, no como la causa real del malestar.
Las vacaciones funcionan, en muchas ocasiones, como una especie de amnésico temporal. Son un paréntesis que facilita la evitación emocional, un mecanismo mediante el cual nos alejamos de pensamientos, relaciones o situaciones vitales que nos generen angustia.
Al deshacer la maleta, ese entorno de desconexión pierde fuerza, incluso desaparece por completo. Es entonces cuando nos reencontramos de nuevo con lo que sigue ahí: asuntos no resueltos, insatisfacción laboral, sobrecarga familiar, soledad no deseada, decisiones postergadas… circunstancias que siguen, exactamente, en el mismo lugar que antes de las vacaciones.
