(Tiempo de lectura 17 minutos)El miedo es una reacción emocional, un mecanismo primario que actúa ante una situación considerada peligrosa, pero ¿y si la percepción de peligro proviene de ti, de tu propio pensamiento, de la idea persistente de que vas a hacerte daño o a hacer daño a otra persona? Vamos a hablar de fobias de impulsión, el miedo a nuestros propios impulsos.
Un paciente me mencionaba en consulta que había dejado de conducir, por que muchos días, de camino al trabajo, le asaltaba la idea de girar bruscamente el volante hacia el carril contrario. Me insistía en que nunca había tenido ideas suicidas, pero le aterrorizaba la posibilidad de que ese impulso pudiera escapar a su control.
También, una madre, muy angustiada, me explicaba que llevaba un tiempo con una serie de ideas que estaban condicionando su vida. Aunque ella reconocía lo irracional de esas ocurrencias, no podía evitar sentirse asustada ante la creencia de que pudieran producirse. Había dejado de ir a restaurantes ante el pensamiento de que podría usar los cuchillos de la mesa para hacer daño a otros comensales. Y en casa, en la cocina por ejemplo, le aterrorizaba la posibilidad de que pudiera hacer daño a su propio hijo.
En las fobias de impulsión, los pensamientos pueden adoptar muchas formas: miedo a hacer daño a personas queridas, temor a hacerse daño —por lo que estar a solas puede generar gran ansiedad—, o rechazo a acercarse a ventanas, balcones o lugares elevados por miedo a perder el control y lanzarse al vacío. Son pensamientos que irrumpen sin aviso, se sienten reales y provocan un profundo malestar, aunque la persona no desee ni tenga intención alguna de actuar según ellos.
Acompáñanos a descubrir qué hay detrás de estos pensamientos, por qué aparecen y, sobre todo, cómo es posible comprenderlos y superarlos.